Una idea despreciada durante medio siglo vuelve para competir con las baterías: la primera planta comercial del mundo que almacena energía en aire líquido arranca este verano cerca de Mánchester
Miremos por el retrovisor y vayamos a 1977 cuando Steve Jobs fundaba Apple en un garaje, se escuchaba por primera vez ‘Stayin’ Alive’ de los Bee Gees, y un ingeniero de la Universidad de Newcastle, E.M. Smith, registraba una patente que parecía sacada de la ciencia ficción: almacenar energía en forma de aire líquido. Como en muchas ocasiones las grandes ideas avanzadas a su tiempo no siempre son comprendidas. En este caso el descubrimiento de Smith llegó antes de tiempo y fue despreciada. En aquella época, las energías renovables eran una anécdota y nadie se preocupaba por guardar excedentes de molinos o paneles solares que apenas existían.
Ahora la cosa ha cambiado. En un mundo que tiende a la electrificación y a la búsqueda constante de energías limpias. Encontrar formas de almacenar el exceso de energía que pueden producir en determinados momentos del días los paneles solares o los aerogeneradores para darle uso cuando no haya ni viendo ni sol es una de las claves en las que se trabaja. Pero la solución puede que lleve años guardada en un cajón.
Y es que la patente de Smith, cinco décadas después, tiene ahora más sentido que nunca. Las renovables ya han superado al carbón en la generación eléctrica global, pero su principal talón de Aquiles sigue siendo el mismo: la intermitencia. La respuesta tradicional ha sido recurrir a centrales de gas de respaldo o a baterías de litio. Sin embargo, el futuro del almacenamiento energético pudo haber estado flotando a nuestro alrededor todo este tiempo: en el aire que respiramos. Este verano, cerca de Mánchester, el mundo pondrá en marcha la primera planta comercial de almacenamiento de energía en aire líquido, una instalación que promete cambiar las reglas del juego en la transición energética.
¿Congelar el viento? Así funciona la ‘nevera’ gigante que estabiliza la red
Entender esta tecnología que lleva 50 años aparcada es más sencillo si pensamos en una nevera gigante, pero al revés. Nuestro frigorífico usa electricidad para enfriar el interior y expulsar el calor fuera. La planta de aire líquido hace algo similar, pero a una escala mucho mayor y con un propósito distinto.
El sistema, conocido por sus siglas en inglés como LAES (Liquid Air Energy Storage), se compone de tres sencillos pasos que cualquier persona puede entender:
- El proceso de carga (enfriar hasta lo imposible): cuando hay un excedente de energía renovable (por ejemplo, una noche de viento huracanado), la planta utiliza ese sobrante para poner en marcha un gran equipo industrial. Este equipo succiona aire de la atmósfera, lo depura para eliminar impurezas y lo somete a un proceso de compresión y enfriamiento extremo. El resultado es que el aire, que normalmente está en estado gaseoso, se vuelve líquido. Para que esto ocurra, la temperatura debe descender hasta los -196°C.
- El almacenamiento (guardar el frío en termos gigantes): ese aire líquido (que parece agua hirviendo debido a la condensación, pero está helado) se vierte en enormes tanques criogénicos. Estos depósitos están aislados como si fueran un termo de café de camping, lo que permite conservar el líquido sin apenas pérdidas durante días o incluso semanas.
- La descarga (recuperar la electricidad): cuando la demanda sube y las renovables no dan abasto, se abre la válvula. El aire líquido se expone a la temperatura ambiente y se evapora bruscamente, expandiéndose con una fuerza enorme (multiplica su volumen por 700). Ese gas a presión se hace pasar por una turbina (similar a la de un avión) que, al girar, genera electricidad y la devuelve a la red. Un truco extra: durante el primer paso de compresión se genera calor residual, que se guarda para calentar el aire en este paso final, subiendo la eficiencia hasta cerca del 70%.
La planta de Mánchester: números para 480.000 hogares y un calendario marcado
Llevas esto a cabo no es sencillo ni barato. La instalación estrella la está construyendo la empresa Highview Power en Carrington, un pueblo industrial al noroeste de Inglaterra, muy cerca de Mánchester. No es un proyecto menor: ha requerido una inversión de 300 millones de libras, con el respaldo del gobierno británico a través del National Wealth Fund (que puso 165 millones), además de gigantes como Centrica, Goldman Sachs o Rio Tinto.
Cuando esté plenamente operativa, la planta tendrá una potencia de salida de 50 megavatios (MW) y una capacidad de almacenamiento de 300 megavatios-hora (MWh). Para traducir estas cifras a algo tangible: esa energía es suficiente para cubrir el consumo eléctrico de 480.000 hogares durante unas horas, justo el tiempo necesario para evitar un apagón o sortear una «calma chicha» en el viento.
El calendario es inminente y se desarrollará en dos fases:
- Verano de 2026 (agosto): la turbina principal comenzará a girar. Aunque aún no generará electricidad de forma comercial, este primer paso es vital para la red porque ayudará a estabilizarla (dando lo que se conoce como «inercia de red»), una labor que hasta ahora hacían las contaminantes centrales de gas.
- 2027: Arrancará el sistema de almacenamiento completo. Highview Power empezará a vender electricidad en los momentos de máxima demanda, compitiendo directamente con las grandes centrales de baterías.
La gran ventaja: barato, eterno y sin metales raros
En un mundo donde la competencia es máxima y la búsqueda de alternativas como esta es una constante, tener una ventaja es un valor seguro y en este caso el aire líquido tiene varios puntos a favor porque resuelve los dos grandes problemas de las baterías de litio: el precio y la duración.
Según estudios del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) y análisis recientes publicados en ScienceDirect, el costo nivelado de almacenamiento del aire líquido es significativamente más bajo. Mientras que almacenar un megavatio-hora en una batería de litio cuesta entre 120 y 175 dólares, en esta planta de Mánchester el coste se desploma a un rango de 45 a 60 dólares por MWh.
Por otro lado está la vida útil. Las baterías de litio sufren fatiga: tras 8 o 10 años de uso, pierden capacidad y hay que cambiarlas. La planta de aire líquido tiene una vida útil estimada de 40 a 50 años sin apenas degradación.
Además, hay un factor geopolítico y medioambiental crucial. El litio requiere una minería intensiva en desiertos de Sudamérica o Australia, con un alto consumo de agua y conflictos territoriales. El aire líquido utiliza el aire que respiramos, está disponible en cualquier lugar del planeta y no genera residuos tóxicos al final de su vida útil.
Hay un pero…
A pesar de sus virtudes, el aire líquido tiene un «pero» histórico: la eficiencia. Mientras que una batería de litio devuelve aproximadamente el 85-90% de la electricidad que recibe (pierde un 10-15% por el camino), el sistema de aire líquido ronda el 60-70% de eficiencia.
Por eso, los expertos de Highview Power y del MIT no ven esta tecnología como un «asesino del litio», sino como un complemento indispensable. En la red del futuro convivirán tres tipos de almacenamiento: baterías para la inmediatez, hidroeléctricas de bombeo para el día a día (donde haya montañas), y plantas de aire líquido para la larga duración y la estabilidad en cualquier lugar plano.
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