El mayor desastre ecológico de Asia Central es también una oportunidad climática de miles de millones de dólares: reinundar el Mar de Aral podría evitar emisiones equivalentes a casi tres años de CO₂ de toda España y generar créditos de carbono valorados entre 3.600 y 18.000 millones
Hay desiertos en nuestro planeta que guardan una memoria líquida, lugares donde el viento levanta nubes asfixiantes de sal y polvo mientras la tierra se agrieta implacable hasta perderse de vista. Si uno camina hoy por el lecho seco del Mar de Aral, en la frontera entre Uzbekistán y Kazajistán, es fácil sentir que la vida ha sido borrada del mapa por completo. El paisaje es desolador: oxidados barcos pesqueros yacen encallados a kilómetros de cualquier fuente de agua, como fantasmas de hierro varados en mitad de la nada. Cuesta creer que, hasta bien entrada la década de los sesenta, este lugar fuera el cuarto lago más grande de la Tierra. Era una inmensa masa de agua salada, rebosante de esturiones y carpas, que sostenía una próspera industria pesquera y llenaba de orgullo y sustento a comunidades enteras. Sin embargo, la obsesión humana por el progreso ciego dictó su sentencia de muerte. Las autoridades soviéticas desviaron los ríos que lo alimentaban para regar faraónicos campos d...