Flota sobre la vía sin tocarla y va a 600 km/h: el tren chino que conectará Pekín y Shanghái en menos tiempo que un avión y deja la alta velocidad de toda la vida en pañales
En un mundo donde la inmediatez manda y todos queremos llegar antes a cualquier sitio, reducir cada vez más los tiempos de transporte se ha convertido en un gran reto. Personas, empresas y gobiernos buscan formas de mover a la gente de manera más rápida, cómoda y eficiente. En este aspecto, China va claramente por delante gracias a su famoso tren bala, que destaca por su velocidad, puntualidad y seguridad.
Y es que pensar en, por ejemplo, salir de Madrid y que sin tiempo si quiere para ver una película de dos horas ya estemos en Barcelona es más que atrayente. Pero si el tiempo ya suena a ciencia ficción, casi a teletransportación, como te quedas si te digo que el tren flota. Sin fricción, sin ruido de ruedas, sin el traqueteo de toda la vida. Ahora imagina que ese tren acelera de 0 a 700 km/h en solo dos segundos. Pues ese tren ya existe en fase de pruebas, y China acaba de batir un récord mundial con él. La era del transporte terrestre ultrarrápido está a punto de dejar atrás a los aviones en distancias medias.
El AVE español alcanza los 300 km/h, el Shinkansen japonés roza los 350 km/h. Son máquinas eficientes, seguras y cómodas. Pero tienen un límite físico insalvable: la fricción. Y es que aunque son velocidades sorprendentes que acortan mucho los tiempo, si quiesen ir a más sería inviable ya que la fricción, a cierta velocidad (unos 400-500 km/h), provoca un desgaste de tal magnitud que mantener el tren se vuelve imposible. Para superar esa barrera, existe una tecnología revolucionaria: los trenes de levitación magnética, o maglev (del inglés magnetic levitation). Estos trenes no tocan la vía. Flotan sobre ella gracias a potentes imanes.
Pues bien, un equipo de la Universidad Nacional de Tecnología de Defensa de China ha llevado esta tecnología a un nivel jamás visto. En una pista de pruebas de solo 400 metros de longitud han conseguido que un vehículo maglev alcance los 700 km/h en apenas dos segundos. Y lo más sorprendente: también lograron frenarlo por completo antes de que se acabara la vía.
¿Cómo se flota sobre un raíl? El truco de los imanes superconductores
Suena a magia o ciencia ficción pero el funcionamiento de los trenes maglev es más sencillo de lo que pueda parecer, pura física de instituto. Hay dos tipos principales de levitación magnética, pero el sistema chino utiliza el más avanzado: la levitación superconductora.
Tenemos dos imanes. Si ponemos dos polos iguales frente a frente (norte con norte, o sur con sur), se repelen. Si colocas esos imanes en el tren y en la vía, puedes hacer que el tren «flote» sobre la vía empujado por esa repulsión. El problema es que los imanes normales pierden fuerza con la distancia y necesitan electricidad constante para mantener el campo.
La solución china es usar imanes superconductores. Hablar de superconductores es hablar de un material que cuando se enfría a temperaturas muy bajas pierde toda resistencia eléctrica y puede conducir corrientes enormes sin perder energía. Además, por otro lado, expulsan los campos magnéticos externos, creando una fuerza de repulsión tan perfecta que el tren se mantiene estable flotando a unos centímetros de la vía
El resultado: un tren que no necesita ruedas, no sufre desgaste mecánico, no hace apenas ruido y puede alcanzar aceleraciones propias de un cohete. En las pruebas, sin carrocería ni pasajeros, pasó de 0 a 700 km/h en dos segundos. Para ponerlo en contexto, un Ferrari F1 acelera de 0 a 300 km/h en unos 10 segundos. Un pasajero normal no podría resistir esa aceleración, pero el objetivo no es lanzar personas así de brusco, sino demostrar que el sistema puede manejar fuerzas extremas.
600 km/h comerciales: de Pekín a Shanghái en 2,5 horas
El récord de 700 km/h en dos segundos es una proeza técnica, pero para un tren de pasajeros se necesita algo más razonable: aceleraciones suaves de unos 0,5 G, similares a las de un avión despegando. China ya opera comercialmente el Shanghái Maglev, que conecta el aeropuerto de Pudong con la ciudad a 300 km/h (aunque puede alcanzar 430 km/h en ciertos tramos). Pero el nuevo sistema, basado en superconductores, está diseñado para velocidades de crucero de 600 km/h.
Esta cifra cambia las reglas del juego. Por ejemplo, el trayecto entre Pekín y Shanghái, dos megaciudades separadas por unos 1.300 km. En tren de alta velocidad convencional (a 350 km/h), el viaje dura unas 4,5 horas. En avión, descontando tiempos de espera, facturación y desplazamientos a aeropuertos, también se va a unas 4-5 horas puerta a puerta. Pero con un maglev a 600 km/h, el tiempo de viaje puro se reduciría a 2 horas y 10 minutos. Sumando accesos, seguiría siendo más rápido que el avión y mucho más cómodo, silencioso y ecológico.
Y no es ciencia ficción: China ya está construyendo una línea maglev de alta velocidad entre Shanghái y Hangzhou (unos 170 km) que alcanzará los 600 km/h. Y hay planes para una red nacional. Con esa velocidad sería como conectar Madrid y Barcelona en 1 hora y 15 minutos, ni una película nos daría tiempo a ver.
¿Llegaremos a ver trenes maglev en España o Europa?
La respuesta sin anestesia sería que no. Las razones son dos principalmente la energía y el coste. El tren consume una cantidad de energía desorbitada y además el coste de las infraestructuras haría que no compensase al usuario final el coste que tendría que tener el billete para recuperar la inversión por el tiempo que ganaría.
Para entender el consumo de un maglev a máxima velocidad, pensemos en algo más cotidiano: calentar una casa pequeña con radiadores eléctricos necesita unos 1.000 vatios (1 kilovatio). Un tren de levitación magnética, cuando corre a fondo, consume miles de veces más. La potencia que exige mantener esos 600 km/h es comparable a la que necesita un pequeño pueblo entero de varios cientos de viviendas.
Los sistemas maglev requieren energía constante para dos cosas: mantener el tren flotando (los electroimanes no se desconectan) y propulsarlo contra la resistencia del aire. A esas velocidades, el rozamiento con el aire crece de forma disparada, igual que cuando asomas la mano por la ventanilla del coche a 120 km/h y notas el empujón. Multiplica esa sensación por cinco.
Esto nos lleva a la primera pregunta incómoda: si España quiere ser ecológica y usar el maglev como transporte descarbonizado, ¿de dónde sacamos esa electricidad? El sol y el viento son maravillosos, pero tienen un problema de calendario: no siempre sopla el viento ni siempre brilla el sol. Un tren que debe funcionar cada 10 o 15 minutos necesita un suministro eléctrico estable 24 horas al día, 7 días a la semana. Eso significa o bien acumular energía en baterías gigantes (carísimo) o bien tener centrales de gas o carbón de respaldo. En ese segundo caso, el «tren ecológico» se convierte, paradójicamente, en una chimenea con ruedas.
Pero hay un problema aún más peliagudo: los picos de demanda. La red eléctrica española está diseñada para una demanda relativamente predecible (fábricas, neveras, aires acondicionados…). No está preparada para que tres o cuatro maglev salgan a la vez de Atocha con destino a Barcelona y chupen, en unos segundos, la misma potencia que una comarca entera.
Ahora dejemos la energía y hablemos de dinero. Implementar el tren que flota supone cambiar toda la infraestructura preexistente que usa el AVE. Japón lleva años construyendo su línea maglev entre Tokio y Osaka. El presupuesto estimado ronda los 55.000 millones de euros (al cambio). Para que te hagas una idea, eso es aproximadamente cinco veces el presupuesto anual completo del Ministerio de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana de España. Por no hablar de que a esa velocidad un tren no puede tomar curvas por lo que habría que construir vías rectas llenas de túneles.
China tiene ventajas que Occidente no tiene: un estado que planifica a décadas vista, enormes necesidades de transporte interno y una capacidad de inversión descomunal. De momento es un espejismo para España y Europa.
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