Han disparado 1.180 vatios por el aire a cien metros sin un solo cable y han cargado un dron en pleno vuelo: el ensayo con el que China quiere colgar la central solar en órbita y bajar la luz a la Tierra en 2030

Llevamos décadas instalando paneles solares en tejados y descampados. Y funcionan, no te voy a engañar. Pero tienen un problema de base: dependen del cielo. Si está nublado, producen menos. Si es de noche, producen cero.

Y eso significa que, para confiar en la energía solar, necesitas baterías para guardar lo que sobra durante el día y usarlo cuando el sol se ha ido. Las baterías son caras, duran poco y necesitan materiales que se extraen en minas de países lejanos.

¿Y si pudiéramos colocar placas solares donde el sol nunca se esconde, no existen las nubes y el día dura 24 horas todo el año? Ese sitio ideal ya existe: el espacio. A unos 36.000 kilómetros de altura, en plena órbita geoestacionaria, un panel solar recibe luz constante y con muchísima más fuerza que en el suelo.

El gran reto, como imaginarás, es traer esa electricidad a la Tierra sin usar un cable kilométrico. ¿La solución? Transformar la energía en microondas o rayos láser para enviarla directamente a una antena receptora en la superficie.

Esta idea, que suena a pura ciencia ficción de las novelas de Isaac Asimov de los años 40, está hoy muy cerca de ser real. De hecho, China ha dado un salto enorme con su proyecto «Sun Chasing» (Persiguiendo el Sol).

Investigadores de la Universidad de Xidian ya han logrado transmitir 1.180 vatios de potencia a más de 100 metros de distancia y, lo más increíble de todo, han conseguido cargar un dron en pleno vuelo de forma inalámbrica.

El proyecto «Sun Chasing»: cómo funciona el experimento que cambiará las reglas del juego

El equipo de la Universidad de Xidian, liderado por el académico Duan Baoyan, lleva años trabajando en el diseño de una central solar espacial. Su propuesta se llama OMEGA (y su versión mejorada, «Distributed OMEGA»), un sistema que utiliza concentradores esféricos para captar la luz solar y convertirla en electricidad a bordo. Pero la verdadera innovación está en la transmisión.

Para mandar esa energía a la Tierra, han diseñado unas antenas de microondas capaces de dirigir el haz de luz con una precisión milimétrica, apuntando directamente a un receptor en movimiento. En los últimos ensayos, el sistema consiguió una eficiencia del 20,8% a una distancia de 100 metros, entregando 1.180 vatios de potencia. Quizá no te parezca una gran cifra, pero es un salto de gigante comparado con los datos de 2022, cuando la eficiencia apenas rozaba el 15%.

El verdadero logro, sin embargo, fue alimentar un dron en el aire. Durante la prueba, el aparato volaba a 30 kilómetros por hora mientras recibía 143 vatios de potencia de forma totalmente estable a 30 metros de distancia. Esto demuestra que la tecnología puede rastrear y recargar objetivos en movimiento. Esta capacidad es totalmente crucial para el espacio, donde los satélites y las estaciones orbitan y se mueven de forma constante entre sí.

Conviene poner el experimento en perspectiva. El proyecto arrancó en 2018 y en junio de 2022 el equipo levantó en la provincia de Shaanxi una torre de pruebas de 75 metros, con un aire que recuerda a la Torre Eiffel. Allí validó por primera vez la cadena completa: captar el sol, convertirlo en electricidad, transformarlo en microondas y devolverlo a corriente eléctrica en el suelo.

Y hay un detalle que China no esconde: la tecnología tiene un uso doble, civil y militar. La misma antena que recargaría satélites podría alimentar enjambres de drones, radares de emergencia o equipos de rescate en zonas aisladas. Ese potencial estratégico explica buena parte del interés de Pekín.

¿Por qué una central solar en el espacio? La respuesta está en la física

La idea de una central solar espacial tiene ventajas que la hacen irresistible para los planificadores energéticos. En primer lugar, el factor de capacidad. Un panel solar en la Tierra produce electricidad aproximadamente entre el 15% y el 30% del tiempo (cuando hay sol y no está nublado).

Un panel en el espacio, en órbita geoestacionaria, produciría más del 99% del tiempo. Es la diferencia entre un trabajador a tiempo parcial y uno que nunca se toma un día libre.

En segundo lugar, la intensidad de la luz. En el espacio, sin la atmósfera que filtra y refleja la luz, la radiación solar es mucho más intensa.

Una central solar espacial podría generar hasta diez veces más energía por metro cuadrado que una central en tierra. Eso significa que, para la misma cantidad de electricidad, necesitarías mucho menos espacio y muchos menos materiales.

Y en tercer lugar, la estabilidad de la red. Una central solar espacial proporcionaría energía de carga base, la que necesitas las 24 horas del día, sin interrupciones, complementando a las renovables terrestres y reduciendo la necesidad de costosas baterías.

Un estudio publicado en la revista Joule estima que la energía solar espacial podría reducir el coste del sistema eléctrico europeo en un 7-15% para 2050.

Ese mismo trabajo, firmado por investigadores del King’s College de Londres, va más allá: calcula que una constelación así podría desplazar hasta el 80% de la capacidad eólica y solar que Europa necesitaría en tierra y recortar en más de un 70% el uso de baterías, con un ahorro estimado de unos 35.900 millones de euros al año para el conjunto del sistema.

Los desafíos: microondas, kilometraje y el problema de la financiación

A pesar del entusiasmo, el camino hacia una central solar espacial está lleno de obstáculos. El primero es la eficiencia. La transmisión inalámbrica de energía tiene pérdidas.

En las pruebas de China, la eficiencia fue del 20,8% en un tramo de 100 metros. Para una central a 36.000 kilómetros, la eficiencia sería mucho menor. Los científicos trabajan para mejorarla con sistemas de enfoque más precisos y materiales más avanzados.

El segundo es el tamaño. Para que una central solar en el espacio funcione de verdad a nivel comercial, necesitaríamos estructuras gigantescas con paneles que midan kilómetros de largo. Esto implica enviar cientos de toneladas de materiales fuera de la Tierra para que un ejército de robots los monte directamente en órbita; una obra de ingeniería que suena casi imposible.

Sin embargo, China se ha tomado este reto muy en serio y tiene una hoja de ruta clarísima. La agencia espacial china (CAST) quiere empezar con una prueba modesta en órbita baja hacia 2028, dar después el salto a la órbita geoestacionaria a 36.000 kilómetros y escalar poco a poco hasta una megaestación comercial funcionando a pleno rendimiento para 2050.

La hoja de ruta china
Cómo planea la agencia espacial china (CAST) pasar de un experimento de laboratorio a una central de escala gigavatio.
2028
Primera prueba en órbita baja
Un satélite de unos 10 kilovatios para validar la generación en el espacio y el envío de energía a la Tierra.
2030
Salto a la órbita geoestacionaria
Una estación de 1 megavatio a 36.000 km, ensamblada por robots y con antenas de transmisión mucho mayores.
2035
Escala intermedia
Una planta de 10 megavatios, con estructuras que superan los 100 metros.
2050
Megaestación comercial
Una central de escala gigavatio (hasta 2 GW) y cerca de un kilómetro de envergadura, a pleno rendimiento.

El tercero es la financiación. Construir infraestructuras en el espacio cuesta una auténtica fortuna y se tarda muchísimo tiempo en recuperar el dinero invertido. Esto hace que a las empresas privadas les tiemble el pulso a la hora de financiar estos proyectos.

Por eso, son los gobiernos los que están llevando la voz cantante. Países como China, Japón, Reino Unido y Estados Unidos están metiendo millones en esta tecnología, porque saben perfectamente que quien domine la energía espacial tendrá una ventaja estratégica enorme en el futuro.

Conviene no perder de vista el matiz económico, porque es el verdadero portero de toda esta historia. El propio estudio de Joule solo cuadra si la energía solar espacial llega a costar entre seis y nueve veces lo que costará la solar terrestre en 2050; por encima de ese umbral, deja de compensar. Es un «si» enorme, y depende de que lanzar carga al espacio se abarate muchísimo.

La parte buena es que las cifras empiezan a moverse en la dirección correcta, sobre todo gracias a los cohetes reutilizables. Un informe encargado por el Gobierno británico a la consultora Frazer-Nash y al Imperial College concluyó que, si se escala bien, hacia 2040 la energía solar espacial podría competir en precio con la nuclear. Ya no es una quimera de pizarra: es una cuestión de cuándo bajan los costes lo suficiente.

El futuro: la energía que viene del cielo

El experimento del equipo de Xidian es un hito. Demuestra que la transmisión inalámbrica de energía a larga distancia es técnicamente viable y que se pueden alimentar dispositivos en movimiento.

No es una solución para mañana, pero el calendario de China es claro: quieren tener una central solar espacial operativa para 2050.

Y no es solo cosa de China. La prueba de que esto ha dejado de ser ciencia ficción la dio Estados Unidos en 2023, cuando un prototipo del Caltech llamado MAPLE consiguió, por primera vez en la historia, transmitir energía de forma inalámbrica en el espacio y enviar una señal detectable hasta la Tierra.

La cantidad de energía fue mínima y la emisión duró apenas unos segundos, así que tampoco hay que exagerarlo. Pero por primera vez se cruzó la línea entre la teoría y la realidad: la energía viajó desde la órbita hasta la azotea de un laboratorio en California sin un solo cable de por medio.

Mientras tanto, la carrera continúa. En Estados Unidos, la empresa Overview Energy planea alimentar con energía solar espacial los centros de datos de Meta a partir de 2030.

El acuerdo con Meta no es menor: la tecnológica ha reservado hasta un gigavatio de potencia, hay una demostración en órbita prevista para 2028 y la idea es mandar la energía con láseres de infrarrojo a huertos solares que ya existen en el suelo, para que sigan produciendo también de noche. Es la primera vez que un gigante de internet apuesta tan fuerte por la energía que llega del espacio, empujado por el apetito energético de la inteligencia artificial.

En el Reino Unido, la startup Space Solar quiere enviar energía a una base de investigación en la Antártida a principios de la década de 2030. La energía solar espacial podría convertirse en la próxima gran revolución energética, una que nos llegue directamente del cielo.



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