Ni litio, ni hidrógeno: la batería que sube y apila miles de toneladas de bloques de hormigón con el sol que sobra a mediodía y los deja caer al anochecer para devolver la luz acaba de firmar su mayor despliegue en África
Llevamos años escuchando que las renovables son el futuro. Y es verdad: el sol y el viento son gratis, no se acaban y limpian el planeta. Pero tienen un fallo de manual: no siempre están ahí cuando los necesitas. Al mediodía, cuando el sol pega con ganas, tus placas echan humo produciendo electricidad.
El problema llega a las ocho de la tarde: llegas a casa, enciendes el horno, pones la tele… y el sol ya se ha ido a dormir. Si no tienes dónde guardar el subidón del mediodía, te toca tirar de la red de siempre, que muchas veces funciona quemando gas o carbón.
Las baterías de litio son el recurso más típico, pero salen carísimas, duran un suspiro (unos 10 o 15 años) y dependen de materiales que se sacan de minas lejanas, a veces en condiciones laborales y ambientales bastante oscuras. El hidrógeno verde, por su parte, promete mucho, pero a día de hoy sigue siendo carísimo y un dolor de cabeza para transportar.
Entonces, ¿qué hacemos con lo que nos sobra a mitad del día? ¿Cómo lo guardamos para la noche sin arruinarnos ni depender de metales raros? La respuesta, como tantas veces, es más simple de lo que parece.
Si usas la energía sobrante para levantar algo muy pesado y luego lo dejas caer para rascar electricidad… felicidades, acabas de inventar una batería. Una que no necesita litio, ni cobalto, ni tierras raras, porque funciona a base de pura gravedad. Y si ese «algo pesado» es un bloque de hormigón de 30 toneladas, el invento es redondo.
El truco del «ladrillo que cae»
Esta tecnología se conoce como almacenamiento de energía por gravedad (GESS), y hay una empresa que lleva la voz cantante en el mundo: Energy Vault. La idea es tan sencilla que parece un juego de niños.
Imagina una estructura altísima, de unos 120 metros (más que un edificio de 40 pisos), con unas grúas internas y un montón de bloques de hormigón de entre 25 y 30 toneladas cada uno. Cuando sobra energía renovable en la red, esas grúas usan la electricidad para subir los bloques hasta arriba del todo. Así, esa corriente se convierte en energía potencial gravitatoria, que es la forma técnica de decir «energía guardada en un objeto por el simple hecho de estar en las alturas».
Cuando llega la noche, o cuando todo el mundo empieza a encender electrodomésticos a la vez, el proceso se invierte. Los bloques bajan de forma controlada y, al caer, mueven el motor de la grúa, que pasa a funcionar como generador y devuelve la electricidad a la red. Es calcado al mecanismo de las centrales hidroeléctricas que bombean agua entre dos embalses, pero cambiando el agua por bloques de hormigón.
¿La gran ventaja? No necesitas una montaña ni un río al lado: lo puedes plantar en cualquier descampado llano junto a un parque solar o un parque eólico.
Sus puntos fuertes (y dónde pincha)
El sistema de Energy Vault tiene varios ases en la manga. El primero es que es duradero a rabiar: mientras una batería de litio se queda corta a los 10 o 15 años (y reciclarla es un drama caro y complejo), la empresa asegura que sus grúas y bloques aguantan más de 35 años sin perder facultades.
El segundo es el bolsillo. Según la compañía, almacenar energía así sale a unos 0,05 dólares por kWh, casi un tercio de lo que cuesta con litio. Y el tercero es la ecología: el hormigón no es tóxico, no arde y no genera residuos peligrosos.
En su última versión, el EVx 2.0, han ido un paso más allá. Han pulido el software que orquesta las grúas y, sobre todo, han conseguido fabricar los bloques con cenizas de carbón recicladas. Es decir, cogen el residuo contaminante que dejaron las viejas centrales térmicas y lo convierten en el material de almacenamiento. Economía circular de manual.
Eso sí, como todo en ingeniería, tampoco es perfecto. El sistema es un titán que necesita muchísimo espacio, miles de bloques y una estructura descomunal. Además, su eficiencia —la energía que recuperas frente a la que metiste— ronda el 80-90%, un pelín por debajo del litio, que pasa del 90%. Y, lógicamente, no es algo que puedas meter en el maletero del coche: su sitio está en las grandes plantas energéticas y los parques renovables a gran escala.
Sudáfrica, el primer gran escenario
Aquí es donde la historia se pone interesante, gracias al acuerdo que Energy Vault acaba de cerrar con Eskom, la eléctrica estatal de Sudáfrica. Y no es una minucia: es un acuerdo de desarrollo firmado en mayo de 2026 para llevar esta tecnología al país.
La primera planta está prevista en la central eléctrica de Hendrina (provincia de Mpumalanga), una de las más antiguas de Eskom, con 25 MW de potencia y capacidad para almacenar 100 MWh, lo que equivale a cuatro horas funcionando a tope. Pero lo gordo es el plan a futuro: quieren llegar a 4 GWh de almacenamiento repartidos por la Comunidad de Desarrollo de África Austral (SADC), un bloque de 16 países, de aquí a 2035.
Y hay un detalle redondo: el proyecto encaja en la estrategia de Eskom para reconvertir sus viejas centrales de carbón, e incluso usaría las cenizas de esas térmicas para fabricar los bloques. La basura de ayer, sosteniendo la red de mañana.
El caso de Sudáfrica es de manual. El carbón genera más del 80% de su electricidad, y el país arrastra años de cortes de luz programados (los famosos «load-shedding»), con su peor momento hacia 2023. La situación ha mejorado bastante últimamente, pero la red sigue siendo frágil y depende de un parque de carbón envejecido. Por eso, guardar electricidad a lo grande es la mejor forma de exprimir sus nuevos parques solares y eólicos.
Robert Piconi, presidente y consejero delegado de Energy Vault, define el acuerdo como un hito transformador para la compañía y para el futuro energético de África. Más allá del titular, el plan promete crear empleo local, montar una cadena de suministro en la zona y ayudar a sacar al país de su dependencia del carbón.
Mientras en Europa y Estados Unidos seguimos dándole vueltas al litio y al hidrógeno verde, en un rincón de Sudáfrica se preparan para apilar bloques de hormigón y que millones de personas tengan luz cuando baje el sol. Y lo mejor de todo es que es una solución que no se oxida, no se gasta y no depende de minas al otro lado del mundo. Solo necesita la gravedad, esa fuerza invisible que lleva ahí toda la vida esperando a que le saquemos partido.
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