Una cría de 15 años cogió un tubo de PVC, una hélice impresa en 3D y 10 euros, y construyó un generador que arranca electricidad a las corrientes del mar para los pueblos sin luz: una década después aquella niña dirige una empresa que salva vidas
Vivimos rodeados de enchufes. Cargamos el móvil, encendemos la luz, abrimos la nevera… y ni siquiera pensamos en ello… hasta que lo perdemos.
Hace algo más de un año, cuando llegó el apagón a nuestras vidas, más de uno pensó en renovar su casa con energías renovables, buscar lámparas solares o a pilas o buscar un generador para estar cubierto si volvía a pasar. Todo eso desde el privilegio de saber que, salvo algo excepcional como el apagón, vivimos con todas las comodidades y opciones posibles.
Pero no para todo el mundo es tan fácil como apretar un botón y tener luz. Para 666 millones de personas en el mundo, pulsar un interruptor y que se encienda una bombilla no es una certeza, sino un lujo inalcanzable.
La mayoría vive en el África subsahariana, donde el consumo medio de electricidad es de apenas 40 vatios por persona, frente a los más de 1.100 vatios de un país desarrollado. Son regiones donde no llegan las grandes redes eléctricas, donde tender cables no es rentable y donde la única opción suele ser quemar queroseno o usar baterías caras.
La ONU se ha propuesto que para 2030 todo el mundo tenga acceso a la energía. Pero al ritmo actual es un imposible, como tantos objetivos en lo que a energía y sostenibilidad se refiere.
Ahí es donde entra la historia de Hannah Herbst. Una historia que demuestra que, a veces, para cambiar el mundo no hace falta un gran presupuesto ni un equipo de ingenieros. A veces basta con un tubo de plástico, una hélice impresa en 3D y la obsesión de una adolescente por ayudar a su amiga por correspondencia en Etiopía.
El origen: una carta desde Etiopía y una idea en un barco
Hannah tenía 15 años cuando empezó a cartearse con una niña etíope de 9 años. Su amiga no tenía electricidad fiable en casa. Aquella niña, llamada Ruth, le escribía sobre lo que significaba no tener una lámpara con la que estudiar cuando se hacía de noche.
Mientras Hannah encendía la luz con solo pulsar un interruptor, su amiga vivía a oscuras cuando caía el sol. Esa injusticia le dio la vuelta a la cabeza.
Un día, navegando en barco con su familia, sintió la fuerza de la corriente moviendo la embarcación. Y se hizo una pregunta que cambiaría su vida: ¿y si esa energía que mueve el agua pudiera convertirse en electricidad?
El agua salada es 800 veces más densa que el aire, así que incluso una corriente lenta esconde una cantidad de energía brutal. Solo había que encontrar la manera de aprovecharla.
BEACON: un prototipo de 10 euros que encendió luces LED
Con esa idea, Hannah diseñó un dispositivo al que llamó BEACON (las siglas en inglés de Bringing Electricity Access to Countries through Ocean Energy, que viene a ser «Llevar electricidad a los países a través de la energía del océano»).
El prototipo era de una simplicidad que desarmaba: un tubo de PVC, una hélice impresa en 3D, una polea y un pequeño generador hidroeléctrico. Todo por 12 dólares, unos 10 euros al cambio.
El principio es el mismo que el de las grandes turbinas marinas, pero a pequeña escala. El agua hace girar la hélice, la hélice mueve el generador y el generador produce electricidad.
En las pruebas que hizo cerca de Boca Ratón (Florida), el BEACON logró generar suficiente energía para encender varias luces LED. No es para alimentar una ciudad, pero es suficiente para demostrar que el concepto funciona: se puede generar electricidad limpia a partir del mar con materiales que cualquiera puede encontrar.
La gracia no está solo en el coste. Esa pequeña cantidad de energía da para mover bombas de desalinización que convierten el agua de mar en agua potable, alimentar centrifugadoras de sangre en clínicas rurales o mantener encendidas las balizas de navegación de la costa.
Y, a diferencia de un panel solar o un aerogenerador, el invento no depende del tiempo que haga. Las corrientes oceánicas se mueven de día y de noche, llueva o haga sol, lo que las convierte en una fuente mucho más previsible para comunidades que necesitan electricidad estable las 24 horas.
De la feria de ciencias a la Casa Blanca
El proyecto de Hannah no era un simple trabajo de instituto. En 2015, con 15 años, se presentó al Discovery Education 3M Young Scientist Challenge, uno de los concursos de ciencia más prestigiosos de Estados Unidos. Y lo ganó.
Se llevó el título de «Mejor Científica Joven de Estados Unidos» y un premio de 25.000 dólares. Pero lo más valioso fue el apoyo de Jeffrey Emslander, un científico de 3M que la tutorizó durante tres meses y la ayudó a convertir su idea en un prototipo funcional.
Al año siguiente, en 2016, Hannah fue invitada a la Feria de Ciencia de la Casa Blanca organizada por la administración de Barack Obama. Allí presentó su BEACON ante el propio presidente, que describió el dispositivo como un aparato capaz de ofrecer una fuente de energía estable y acceso a agua dulce a los países en desarrollo aprovechando las corrientes oceánicas.
El legado: la industria ya no busca solo gigantes
Lo que Hannah hizo con 15 años no fue solo ganar un concurso. Fue adelantarse a una tendencia que hoy está transformando la industria de la energía marina.
Durante décadas, el sector había estado obsesionado con megaproyectos: enormes plataformas, turbinas del tamaño de edificios, inversiones de cientos de millones. Pero esa carrera por lo gigante había dejado de lado una realidad: en los lugares más remotos del planeta no necesitas un gigante. Necesitas algo pequeño, barato y que funcione sin necesidad de una infraestructura compleja.
Hoy, la investigación en energía marina está virando hacia sistemas modulares, fáciles de instalar y capaces de funcionar de forma autónoma. Hannah lo entendió antes que nadie. Y aunque su BEACON seguía siendo un prototipo, su idea ya está dando frutos.
El mejor ejemplo es la sueca Minesto. La empresa desarrolla «cometas» submarinas que vuelan ancladas al fondo marino, trazando ochos en el agua para generar electricidad incluso con corrientes lentas. Y no es ya un proyecto sobre el papel: su modelo Dragon 12, una máquina de 1,2 MW y 28 toneladas, lleva conectada a la red de las Islas Feroe desde febrero de 2024, en lo que fue la primera cometa mareomotriz de escala megavatio del mundo.
En junio de 2025, un consorcio liderado por Minesto recibió 25 millones de coronas suecas (unos 2,2 millones de euros) de la Agencia Sueca de Energía para montar una microred en el archipiélago. El siguiente paso es un parque de seis cometas con 10 MW de potencia, dentro de un plan a largo plazo de 200 MW que aspira a cubrir cerca del 40% de la electricidad de las Feroe en 2030. Justo lo que Hannah imaginaba con su tubo de PVC: aprovechar el mar para llevar energía donde antes no llegaba.
Una promesa cumplida: el código abierto y el futuro de Hannah
Hannah Herbst, ahora con 25 años, no ha dejado de innovar. Hoy es fundadora y directora de Golden Hour Medical, una empresa de tecnología médica, y su producto estrella es el AutoTQ: un torniquete automático que detiene una hemorragia grave con solo pulsar un botón, pensado para esa «hora dorada» —la primera tras un traumatismo— en la que cada segundo cuenta. Ya se usa en vehículos de emergencias y en cirugía ambulatoria en Florida.
Por el camino entró en la lista Forbes 30 Under 30 y siguió ligada a la tecnología y el emprendimiento. Pero hay una promesa que hizo en 2015 y que mantiene viva: cuando el BEACON esté listo, lo liberará como código abierto. Todo el mundo podrá acceder a los planos, los materiales y los datos para fabricarlo.
No es una promesa vacía. Es la prueba de que su objetivo nunca fue hacerse rica, sino resolver el problema que había visto en los ojos de su amiga etíope.
Porque a veces, la energía más potente no es la que mueve una turbina de 100 metros, sino la que nace de la curiosidad de una adolescente y la convicción de que un tubo de PVC y 10 euros pueden cambiar el mundo.
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