Un cable de 1.900 millones para sacar a Chipre de su aislamiento eléctrico: 898 km submarinos, 3.000 metros de profundidad, 1.000 MW de capacidad y una segunda fase que llegaría hasta Israel
Imagina que vives en un lugar donde encender la luz cuesta más que en cualquier otro sitio de Europa. Donde cada tarde, cuando el sol brilla con más fuerza, alguien decide apagar tus paneles solares porque la red no puede absorber toda la electricidad que producen. Donde el 80% de la energía que consumes viene de quemar petróleo, porque no hay gasoductos ni cables que te conecten con nadie. Eso es Chipre. La única isla de la Unión Europea que sigue siendo, eléctricamente hablando, una isla de verdad. Un territorio aislado, dependiente de sí mismo, atrapado en un sistema que se queda pequeño cada vez que el sol aprieta.
En 2025, Chipre desperdició 306 gigavatios-hora de energía solar. En los primeros cinco meses de 2026, la cifra ya iba por 162 gigavatios-hora, más del 65% del potencial solar del país en ese periodo. Los paneles funcionan. La red no. No hay baterías suficientes, no hay cables que lleven esa electricidad a ningún otro sitio, y las plantas convencionales que deben mantenerse en marcha ocupan el espacio que las renovables podrían usar. El resultado es una paradoja dolorosa: un país con sol de sobra tirando su propia energía limpia a la basura mientras paga la factura eléctrica más cara de su historia.
Hay un proyecto que lleva años intentando resolver eso. Se llama Great Sea Interconnector. Un cable submarino de 898 kilómetros que uniría Creta con Chipre, con capacidad para transportar 1.000 megavatios en ambas direcciones. El presupuesto ronda los 1.900 millones de euros. Y la Unión Europea ha comprometido 657 millones para que salga adelante. Si se construye, Chipre dejaría de ser la última excepción del mercado eléctrico europeo. Podría importar electricidad cuando la necesita y exportar sus excedentes solares cuando le sobran. Pero hay un problema que no se resuelve con ingeniería ni con dinero. El cable tiene que pasar por el fondo del mar. Y alguien ha decidido que ese fondo no es de quien parece.
898 kilómetros bajo el Mediterráneo
El trazado del Great Sea Interconnector es una de esas obras que desafían la lógica de la escala. La primera fase, entre Creta y Chipre, suma 898 kilómetros de cable submarino de corriente continua de alta tensión, a 500 kilovoltios. En algunos tramos, el cable descenderá hasta 3.000 metros de profundidad. Para que te hagas una idea: el Titanic está a 3.800 metros. El cable pasará a una profundidad donde la presión aplasta el acero como si fuera papel de aluminio.
La segunda fase del proyecto extendería la conexión hasta Israel, creando un corredor eléctrico entre Europa y el Mediterráneo oriental. En total, más de 1.200 kilómetros de cable que convertirían a Chipre en un nodo energético en lugar de un callejón sin salida. El contrato para fabricar e instalar el cable lo tiene la francesa Nexans, que ya está movilizando un barco especializado, el Abeille Marengo, para reanudar los estudios del fondo marino .
Los técnicos de Nexans tienen que cartografiar cada metro del lecho marino antes de tender el cable. Usan sónar, magnetómetros, cámaras de vídeo. Necesitan saber qué obstáculos hay, cómo es el relieve, dónde hay fallas geológicas, dónde no se puede tocar. Es un trabajo minucioso que debería haber empezado hace meses. Pero no ha empezado. Porque hay un barco que no puede navegar por donde debería.
El problema no está en el fondo, sino en la superficie
Grecia y Chipre quieren tender el cable. Turquía dice que no. El conflicto no es nuevo, pero se ha vuelto más agudo a medida que el proyecto avanza hacia su fase de construcción. El gobierno turco sostiene que la ruta prevista para el cable atraviesa aguas que considera bajo su jurisdicción, en virtud de un acuerdo marítimo que firmó con Libia en 2019. Grecia rechaza ese acuerdo y considera que las aguas son griegas.
El resultado es un bloqueo diplomático que lleva meses paralizando los estudios del fondo marino. En el verano de 2024, dos barcos italianos intentaron realizar las prospecciones cerca de la isla de Kasos. Fueron interceptados por buques de guerra turcos. Tuvieron que retirarse. Desde entonces, el proyecto ha estado en un limbo técnico y político.
La solución que han encontrado los promotores es tan pragmática como limitada. El barco que reanudará los estudios, el Abeille Marengo, navegará bajo bandera francesa. Francia es un actor neutral en la disputa greco-turca, y los promotores esperan que eso reduzca la tensión. Además, las prospecciones se limitarán, en esta primera fase, a aguas territoriales griegas, evitando adentrarse en las zonas más conflictivas. Es una forma de avanzar sin provocar. De empezar por donde se puede, aunque no sea donde más falta hace.
Estados Unidos entra en escena
En octubre de 2026, el secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, visitó Atenas y pronunció unas palabras que cambiaron el tono del debate. Dijo que Washington estaba “muy comprometido” con el proyecto. Que usaría la diplomacia para eliminar los obstáculos. Que la diversificación energética importa, especialmente después de la guerra en Ucrania y la situación en el estrecho de Ormuz .
La intervención de Estados Unidos no es casual. El Great Sea Interconnector no es solo un cable eléctrico. Es una pieza en el tablero geopolítico del Mediterráneo oriental. Si el proyecto sale adelante, Chipre deja de depender energéticamente de sí misma. Y si Chipre se conecta a Europa, Israel también puede conectarse. El corredor eléctrico podría convertirse en un contrapeso a la influencia energética de Rusia o de Turquía en la región. Estados Unidos tiene interés en que ese corredor exista.
Rubio no dijo exactamente qué haría Estados Unidos si Turquía vuelve a bloquear los estudios. Fuentes diplomáticas griegas interpretaron sus palabras como un respaldo inequívoco al proyecto, no como una simple llamada a la calma. Pero la diplomacia tiene sus límites. Un cable submarino no se tiende con declaraciones.
Lo que aún falta por demostrar
El Great Sea Interconnector tiene la tecnología. Tiene el dinero europeo. Tiene el respaldo de Estados Unidos. Tiene un contrato firmado con Nexans. Tiene un barco esperando en Nápoles para zarpar hacia el Egeo. Lo que no tiene es una ruta aprobada por todas las partes.
Los estudios del fondo marino, que deberían haber terminado hace un año, siguen pendientes de autorización. Grecia dice que el barco navegará bajo bandera francesa y que solo estudiará aguas territoriales griegas. Turquía dice que cualquier actividad en la zona requiere coordinación previa. La disputa no se ha resuelto. Solo se ha aplazado.
Hay otro obstáculo que no aparece en los titulares: el dinero. El proyecto costaba inicialmente 1.500 millones de euros. Ahora cuesta 1.900. Los sobrecostes han obligado a renegociar la financiación. La empresa francesa Meridiam entró en el accionariado en 2024, comprando casi el 50% del proyecto. El operador griego IPTO mantiene el control. Pero la estructura financiera sigue siendo frágil. El regulador chipriota rechazó en 2024 reconocer ingresos durante la fase de construcción, lo que puso en peligro la viabilidad económica del proyecto. La decisión se revirtió parcialmente después, pero el episodio reveló que el respaldo político no siempre se traduce en respaldo regulatorio.
Y luego está la pregunta que nadie quiere responder en voz alta: ¿cuánto tiempo más puede esperar Chipre? Cada año que pasa, la isla desperdicia más energía solar, paga más por la electricidad que consume y se queda más atrás en la transición energética. El cable resolvería esos problemas. Pero el cable no se puede tender mientras los barcos no puedan estudiar el fondo. Y los barcos no pueden estudiar el fondo mientras Grecia y Turquía no se pongan de acuerdo sobre qué agua es de quién.
Es una lección incómoda sobre cómo funcionan las infraestructuras energéticas en el mundo real. No basta con tener la tecnología. No basta con tener el dinero. No basta con tener el respaldo de las grandes potencias. A veces, para conectar dos puntos con un cable, primero hay que ponerse de acuerdo sobre el mar que hay en medio. Y eso, en el Mediterráneo oriental, es más difícil que tender 898 kilómetros de cable a 3.000 metros de profundidad.
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